Page 11 - Revista Corredera 2019
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Nunca cayó en el olvido
le pide al padre que vaya a comprar una caja de madera, aunque no sea funeraria porque tenía que ser todo lo más rápido posible.
El padre, al que no le han dado tiempo ni de llorar la pér- dida, se dirige a una tienda de ultramarinos que estaba cerca y allí compra una caja de conservas. Vuelve al hos- pital, la entrega, y a las tres horas se la devuelven cerrada con clavos junto con un papel. La caja no acaba de rozarle
Francisca Robles
El 28 de marzo de 1962, Francisca Robles estaba en la sala de espera del centro de salud en el que le tocaba su habitual cita con el ginecólogo que, aunque era privado, a veces también pasaba consulta ahí.
Con su número en la mano y solo acompañada de su sue- gra, Paquita (como la llaman cariñosamente sus seres queridos) rompe aguas. Su acompañante se dirige rápida- mente a la consulta del doctor para informarle de la situa- ción, pero este sólo le dice que se esperen a que les toque el turno. Al ver la situación, una de las señoras que estaba sentada en la sala de espera y que además vivía cerca de allí se fue a casa y le trajo paños y toallas para que pudiera secarse mientras esperaba. Cuando por fin le tocó pasar a la consulta, lo primero que dijo el médico (en un tono burlesco) fue: “Así me gustan las mujeres, valientes, no como su suegra que entró aquí llamándome y diciendo mi nuera...Mi nuera”. Después de la desafortunada “broma”, el doctor, que además es el fundador del Opus Dei de Elche, la observa y pide una ambulancia para mandarla a Alicante, pero ella prefiere ir en taxi. Francisca siempre decía que en el paritorio hubo dos enfermeras y el gi- necólogo, al que no le podía ver la cara ya que en esa época aún se colocaban cortinillas delante del paciente para que no mirase la operación. El caso es que a ella la voz del ginecólogo solo la oía en susurros pero que se parecía a la voz de Carlos, su ginecólogo, aunque nunca lo ha podido saber. Cuando sacaron a una de las niñas di- jeron al aire y en voz alta: “¡Qué preciosidad!”. Y al nacer la otra gritaron aún más alto: “¡Qué birria!”. Paquita solo vio a las niñas un segundo boca abajo y lo siguiente que recuerda es despertarse en la habitación del hospital ella sola, sin las niñas ni su marido al que solo dejaban entrar en las horas de visita.
las manos cuando le dicen que vaya al cementerio corriendo porque lo están esperando. El papel que llevaba en las manos eran las coordenadas donde el enterrador debería dar sepultura al bebé. Así que allí, solo con su padre y un desconocido, enterraron a la niña.
  Los bebés obligatoriamente debían dormir en el nido donde nadie podía pasar a verlos y solo las veía cuando las llevaban a la habitación para que les diese el pecho. La segunda noche que Francisca estaba en el hospital, una monja traquea la puerta y desde allí mismo le dice que una de las niñas está malita.
Todos los acontecimientos y las prisas que rodean esa noche han impedido que la familia pase página. Por eso, María José cuenta que en su casa jamás se dejó de hablar de ella, que siempre había muchas dudas: ¿Por qué no les dejaron verla si la niña estuvo durante dos días bien? ¿Ha- bría alguna negligencia? ¿Se les caería? ¿Por qué la man- daron a dar a luz allí con el mismo médico que siempre había dado a luz en Elche a los demás hijos?
A las 4 de la madrugada vuelven a tocar y le comunican que la niña ha fallecido. Allí se quedó Francisca sola hasta que a las 12 de la mañana dejan pasar a su marido y ella le da la noticia.
Entre tantas dudas y el hecho de no haberla visto nunca se creó una incertidumbre que no dejó que el duelo de la
Es durante esa horrible charla cuando entra un médico y
familia se cerrase nunca.
LA CORREDERA 11
 




















































































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